Me declaro un ser influenciable. Declaro dar, finalmente, cuenta de la imposibilidad del ser humano de vivir para sí mismo; de ser hermético, impertérrito, incorruptible. Hay tanto a lo que nos vemos expuestos y, por lo tanto, afectos, que sencillamente resulta iluso creer en una vida eternamente reflexiva e introvertida. Yo lo creía, pero, con el transcurrir del tiempo no he podido evitar percibir los involuntarios golpeteos y sacudidas que me provoca un buen tema que me trasmite energía (como "Better" de Regina Spektor); las imágenes de película que concurren a mi mente ante la postal de un frío y hermoso día otoñal; o ese peso que de un momento a otro cargo (y que es capaz de derrumbarme todo el día) luego de que "esa" chica ni siquiera me mirara luego de pasar por su lado.
Sonido, ambiente, la chica. Nada realmente físico, nada del otro mundo; pero esas influencias, a su vez, son de cada uno. Contradictorio, ¿no? ¿Uno mismo o también el resto?
Conclusión: cada uno forja su propio "sistema de influencias". Desde luego, somos distintamente propensos frente a una misma situación.
Tenemos todo y nada en común a la vez.







